
He acabado, por fín, de leer, las excelentes memorias del médico Pablo Uriel. Sin duda se trata de las mejores que he leído sobre la guerra hasta ahora. Dice Ian Gibson en el prólogo: “Libro admirable, en fin, con muchos momentos que se graban en la memoria, como si los hubiera vivido uno mismo (¡milagro del lenguaje y de quien sabe manejarlo!) Y sobre todo un documento de una profunda humanidad. Después de leerlo, uno siente cierta desesperación, qué duda cabe. ¡Tanta crueldad!¡Tanto sadismo!¡Tanta ignorancia!¡Tanta torpeza!”. Un libro lleno de hallazgos, humanos y del lenguaje. Es verdad que, además, carente del maniqueísmo tan propio de este género. A Gibson, y a mí, le ha impresionado la observación de Uriel: “Si veinte siglos de catolicismo en España no habían logrado que los católicos fuesen menos sanguinarios que los ateos, era evidente que los textos en los que se aprendía esa doctrino no eran muy convincentes”. En fin, un libro para leer. Mi amigo José Giménez Corbatón hizo una interesante reseña en el suplemento de Arte y Letras del Heraldo de Aragón.
Todos somos capaces de representar sin muchos problemas el escenario dibujado por esta estupenda novela, editada por primera vez en castellano, de Sloan Wilson El hombre del traje gris, culpable en gran parte de acuñar el término “hombre del traje gris” como icono del conformismo y la rutina de la sociedad tanto actual como la que nos muestra el autor, los años cincuenta en un barrio residencial de las afueras de New York donde pasan su vida Tom y Betsy, los protagonistas. Somos capaces porque ha sido el escenario de grandes películas y novelas, y el espíritu que se respira en esos barrios tranquilos, con casas semejantes las unas a las otras y en las que los matrimonios se ignoran mutuamente, sigue siendo una imagen vigente hoy en día, en el que el individualismo se premia por encima de todo.
Pero la novela trata precisamente de sacar a nuestros protagonistas de esa ola inmensa de conformismo, de ese consumismo exacerbado que les obliga a esforzarse cada día por ganar más dinero para alejarse de la uniformidad de sus vecinos, aunque eso les llevará a ser uniformes a otros muchos que, como ellos, han conseguido superar escalones en una sociedad estratificada que les absorbe. Los acontecimientos que viven Tom y Betsy no son nada extraordinarios, un trabajo anodino en el que Tom no gana demasiado dinero, tres hijos y una casa en ruinas que superan la capacidad de Betsy como ama de casa, una anciana abuela de la que heredan una casa palaciega y multitud de problemas, un pasado en la primera guerra mundial que persigue a Tom y un nuevo trabajo en el que realmente no sabe si va encajar, o si es realmente lo que desea para el resto de su vida.
Poco a poco, estos sencillos acontecimientos van minando la relación de pareja y la confianza de Tom en sí mismo, volviéndole cínico y sarcástico, y frente a los cuales enarbola un pesimismo feroz, arraigado en lo más profundo de su ser desde su regreso de la guerra, que se nos contagia y nos hace temer lo peor, consiguiendo angustiarnos por el futuro de la familia Rath como si fuera nuestro propio futuro y nos viéramos vestidos con un traje de franela gris arrastrados a la vorágine que el propio Tomo sufre en carne propia cada día.
Pero un rayo de esperanza aparece cuando menos nos lo esperamos, tanto los Rath como los lectores, y el futuro de Tom, siempre con el rostro de Gregory Peck, y los suyos se despeja cuando decide sincerarse con su nuevo jefe y con su mujer, consiguiendo quedar en paz consigo mismo y con su realidad, reconciliándose al mismo tiempo con los conformistas años cincuenta y consiguiendo representar con su recién adquirida actitud, la antesala de la rebeldía que surgió en los sesenta, de los que Tom y su familia resultan ser verdaderos pioneros, aunque el título de la novela nos sugiera todo lo contrario.
¿Por qué sabemos la verdad en dos segundos?
Utilizando experimentos y ejemplos reconocibles, Gladwell se esfuerza por demostrar que es posible llegar a la verdad en tan solo dos segundos. Un best seller en su país que amenaza con repetirse en España.
Hay un milenario cuento hindú que dice que al principio de la creación el hombre tenía la sabiduría de Dios pero que no supo aprovecharla. Ante este panorama, los dioses decidieron quitarle este don y resolvieron que el mejor escondite no eran las montañas más altas, ni los abismos de los océanos, ni en el centro de la Tierra. El lugar más apropiado para esconder la sabiduría era el corazón, allí donde el ser humano difícilmente buscaría.